Capítulo I

INTRODUCCIÓN

        La escarpada roca asciende, a manera de grandioso baluarte, desde la costa hasta la vieja ciudad que la corona, dominando en gran extensión mar y tierra. Por la parte del mar han sido derribadas las fortificaciones, abriéndose en su lugar un magnífico paseo, por el que el pueblo de Tarragona circula entre palmeras, disfrutando del sol. De su admirable perspectiva marítima recibe este paseo el nombre de "Balcón del Mediterráneo" y es uno de los más hermosos paseos que pueden encontrarse en el más bello de los mares. Todos los días me quedaba en él en la hora del atardecer, "paseando", como dice el español, "ambulando", decía el romano, a quien el vagar agradaba tanto como a los meridionales de hoy. Pero cuando más me placía el "Balcón del Mediterráneo" era muy de mañana, en aquellas horas en que este querido lugar nos pertenecía por completo. Tan sólo una joven pareja se hallaba en él, con regularidad semejante y con el mismo fin de soledad.

        En mi primera visita, algo larga, a Tarragona, en el año 1920 (1), estuve alojado en la calle de la Nao, núm. 11 sobre el muro del Palacio de Augusto, en sitio, por consiguiente, grato al arqueólogo. ¡Calle de la Nao, número 11, casa quieta sobre el viejo muro romano, tu recuerdo será grato al huésped nórdico, pues le ofreciste agradable estancia! Allí encontré de nuevo a un antiguo amigo, con el que quince años atrás había vagado por las calles de Gerona y disfrutado de la hermosura del golfo de Rosas, y de Ampurias, la ciudad griega en la costa ibérica. Era en aquellos días de otoño de 1905 en que, después de las fatigas de mi primera campaña en la redescubierta Numancia, buscaba el descanso en esa hermosa playa. ¡José de Pazos, "hijo de Portus Menesthei" (2), como gustoso te apellidabas, retoño de Andalucía, amable hablador, nadie como tú me hizo tan gratas las semanas en Tarragona, ora comiendo juntos en la pequeña mesa de doña Pepita, ora en nuestros paseos de cada tarde por las estrechas calles o por la ancha Rambla!

        Desde mi habitación, que recibía sol desde la mañana hasta la noche, la vista era magnífica. Hacia la izquierda se veía la extensa costa rocosa hasta la Punta de La Mora; hacia la derecha, la amplia llanura con blancas masías y oscuros pinos, que se extiende hasta el cabo de Salou y más allá todavía, hasta el Montsiá, cerca de la desembocadura del Ebro.

        Las cartas de presentación fueron entregadas y pronto se me ofrecieron amables guías para mostrarme todos los restos antiguos que Tarragona conserva: el arquitecto municipal señor Pujol, el señor Oliva, ayudante de Obras Públicas, y el pintor Carbó, mi compañero en las excursiones por los alrededores. Lo que vi y estudié durante las semanas de mi estancia el año 1920 fué publicado en 1920 en un folleto alemán, del que las páginas que siguen son una ampliación, fruto de mis numerosas estancias posteriores en la hermosa ciudad, que tanto me cautiva, y de cuyas novedades arqueológicas procuro siempre enterarme.

        Tarragona es una hija legítima del Mediterráneo. Está situada sobre una roca, a 70 metros sobre el mar, de subida suave sólo por un lado, el Norte (3), y abrupta por los restantes, situación común a muchos lugares de las costas de Italia y Grecia, al igual que de la costa española, por ejemplo Ibiza. En todos esos casos la ciudad vieja ocupa la parte alta, mientras los barrios modernos se extienden por la pendiente hacia el llano.

        El aspecto más bonito lo presenta esta ciudad rocosa vista a lo lejos, especialmente desde alta mar, apareciendo la blanca línea de sus casas como una ola cubierta de espuma, que se encarama desde las aguas de un azul intenso hasta las grises rocas. Así la vió aquel navegante massaliota del siglo VI a. de J. C., cuya descripción de las costas hispánicas es la fuente más antigua de la Geografía y Etnografía ibérica y, como tal, de un valor inestimable (4). "Arx" (castillo) denominan los escritores antiguos el peñón de Tarragona (5).


(1) Visité Tarragona la primera vez en 1905

(2) Cerca del Puerto de Santa María (prov. de Cádiz)

(3) Llamo para más brevedad el lado hacia la sierra y el interior del país (Noroeste) "Norte", y al lado hacia el puerto (Suroeste) "Oeste" y los demás lados "Este" y "Sur"

(4) Edición mía con comentario en Fontes Hispaniae Antiquae I (Barcelona, 1922). Está preparada la segunda edición

(5) Tarraconis arces, dice Marcial, 10, 104, arce potens Tarraco, Ausonio, 23, 13. Paulino de Nola 10, 233 dice et capite insigni despectans Tarraco pontum


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